
Por Juana Jota
Había escuchado algo acerca de su existencia pero la verdad es que las referencias que tenía eran muy vagas y como no suelo mirar televisión abierta, nunca me lo había encontrado. Hasta el viernes pasado.
Haciendo zapping vi que estaba empezando y no sé por qué extraño impulso de mi tanatos, levanté el dedo del control remoto. El juego de tu vida es un programa de origen español –que allá emite la cadena Telecinco– en el que cada participante debe contestar 21 preguntas para obtener un premio final de 100 mil euros, tras superar cada uno de los niveles intermedios de 1000, 3000, 5000, 10 mil y 40 mil. En Uruguay, el programa es emitido por Canal 10 en el entorno de las once de la noche y según pude saber, varias veces por semana.
La diferencia con otros programas de preguntas es que las interrogantes son sobre la propia existencia de quien contesta y la distancia entre ganar y perder es, según el esquema maniqueo del programa, mentir o decir la verdad. Las 21 preguntas son seleccionadas entre un total de 200 que se le efectúan al participante el día anterior, mientras está conectado a un polígrafo que determina si miente o no.
Así como en un programa sobre cultura general las interrogantes son más difíciles a medida que se avanza, en este “juego” se hacen cada vez más inmorales y destructivas. Y por si acaso eso no es suficiente, también deben asistir al programa tres miembros de su familia o grupo de amigos cuya presencia, por más que la producción pretenda justificarla por la necesidad de "apoyar" al concursante, no tiene más propósito que incrementar la tortura del participante y hacer más flagrante el costo que paga por el dinero que “gana”. Eso, claro, si logra triunfar porque si “miente”, pierde absolutamente todo lo que ha obtenido.
El viernes en cuestión participaron dos mujeres. La primera lo perdió todo por “mentir” al responder si su marido la amenazaba con dejarla porque a ella le daba asco tener sexo (!!!) . Antes había confesado que la hipoteca de su casa la había dejado en una situación económica tan acuciante, que incluso había pensado en delinquir o prostituirse para solucionarlo. Su marido, su suegra y su hermana estaban sentados enfrente.
Pero fue la segunda concursante quien terminó ayudándome a encontrar nuevos modos de sentir repugnancia por los límites a los que llega la producción televisiva. Esta mujer –que junto a su marido e hijos debió mudarse con su madre tras la quiebra de la empresa de su esposo–, “ganó” 40 mil euros.
Casi 60 mil dólares sólo por el módico precio de responder a veinte preguntas sobre su vida, cuyas respuestas implicaron confesar una infidelidad con un amigo de su marido y la posterior contratación de una prostituta para lograr que la perdonase, además de asegurar que volvería a hacerlo si supiera que él no lo sabría y revelar qué tan desgraciada la hacía sentir. Y en la última respuesta, aquella con la que ganó, miró a su marido y dijo que ya no estaba enamorada. Delante de millones de personas, él la miró con los ojos llorosos mientras la conductora festejaba extasiada –y buscaba que ella la secundara– el premio percibido. En ese momento, todos los que estábamos frente al televisor, nos enteramos que la vida de esa española de Alicante vale eso... 40 mil euros.
No voy a dar excusas sobre por qué no cambié de canal a pesar del asco que sentía, de la enorme vergüenza y la repugnancia por mi propia incapacidad para mirar otro programa. El morbo a veces nos gana. Pero esa no es excusa para caer y caer otra vez en el mismo juego.
Y cuando terminó, e incluso al día siguiente, me quedé pensando en eso. En como terminé arrastrada hasta ese lugar inmundo aún cuando tengo herramientas para poder racionalizar lo que me ocurría y pensando en qué se puede esperar de quién no las tiene.
Y pensé. Pensé en los discursos de solidaridad, de plan de emergencia, de que paguen más los que tienen más y menos los que tienen menos, de un techo para mi país, de tanto etcétera. Y pensé que de repente, la solidaridad por los indefensos pasa también por no mirar un programa en el que se explota a la gente que siente que no tiene otra salida que usar su intimidad para ganar unos pesos que lo salven una situación acuciante.
Pensé que en vez de rasgarnos las vestiduras porque a los homosexuales los dejarán adoptar –y porque antes les permitieron de una vez por todas legalizar sus uniones afectivas– deberíamos preocuparnos más por los hijos de los que miran programas como esos. Deberíamos estudiar si está bien usar a la gente como condones humanos, que usamos y tiramos.
Quizás la generosidad pasa también por intentar que un programa como ese no lo mire nadie o no exista. Pasa por el hecho de que un canal de televisión sienta vergüenza de emitir algo así y pasa porque si no la siente por sí mismo, al menos se la hagan sentir sus televidentes (entre otras cosas porque las ondas son de todos y no se puede hacer plata prostituyendo la dignidad de los que precisan plata). Nadie está hablando de censura, estoy hablando de leyes de mercado (como al almacén que vende berreta y no lo cierran, pero nadie le compra).
Hablo de que tenga un costo hacer plata con el sufrimiento de personas que, aunque vivan en España y no a dos cuadras de tu casa, no deja de ser gente desgraciada a la que estamos usando para divertirnos, arrastrándola por el piso y patéandola sin piedad ni un mínimo de decoro. Pero no. Por ahora, eso no pasa.
[+] Ridículo, desnudo y cornudo, pero famoso. Reportaje en El País de Madrid sobre El juego de tu vida (26.07.2008)
25 agosto 2009
El juego de tu vida (o la fábrica de condones humanos)
11 junio 2009
Mujica y el voto de pobreza

Por Flora Tristán
El próximo presidente parece un cura franciscano. Quiere que que los políticos hagan voto de pobreza.
La política se transforma así en una actividad para burgueses bancados por la familia o para atorrantes que no tienen mayores responsabilidades. Se nota que este señor no tiene hijos y no necesita trabajar; de lo contrario, sabría que los verdaderos trabajadores no se pueden dar el lujo de trabajar de manera honoraria. El valor del trabajo debe ser retribuido en su justa medida.
En este caso el voto de pobreza es en realidad una forma hipócrita de despreciar el trabajo de los demás. Este señor y su prole no están capacitados para gobernar y a las pruebas me remito. Como no hacen absolutamente nada se pueden dar el lujo de clamar por malos salarios. Pagan el diezmo porque no están cumpliendo con la función para la que fueron mandatados.
¿Hasta que punto donar parte del sueldo al partido no es una forma de corrupción? Así es como terminan llenando los cargos con compañeros de la 609 que pagan el diezmo al partido, independientemente de sus méritos, independientemente de que estén o no capacitados para el cargo.
Lo único que te van a exigir para acceder un cargo en el gobierno de Mujica es la lealtad al partido. En otros países a esto le llaman fascismo. En Uruguay, en cambio, le llamamos: "coherencia entre las ideas y el estilo de vida".
La estrategia para lograr una sociedad más igualitaria pasa por nivelar para abajo.
Contrariamente a la idea de Weber de transformar la burocracia en una meritocracia, con este nivel de propuestas es que vamos a terminar con un gobierno de incapaces y un país más pobre.
04 junio 2009
Cultos pero pichis
Por Osvaldo Cervinho
La foto es una poronga porque la saqué con el teléfono, sí. Pero el tema es otro. La saqué el miércoles 3 de junio a las 17:35, en la esquina de la Facultad de Ciencias Económicas, donde se educaron los que llevaron a que esta gente esté en la calle. Y me calenté.
La historia es: ¿Cómo carajo a nadie le importa? ¿Cuándo nos caímos en la marmita de anestesia? ¿Cuándo nos hicieron creer que a la caterva politiquera no le corresponde solucionar estos temas? ¿Cuándo, aquellos que nos reclaman 7 dólares a través de un voto, decidieron dejar de lado a la gente en situación de calle? ¿Cuándo los sacaron de su discurso? (lo que redunda en que los demás nos volvamos más insensibles ante la situación). ¿Cuándo los donantes de votos dejamos de reclamarles que se dediquen a esto? ¿Cuándo vamos a empezar a hacerlo? No sé, será que estuve escuchando Las Manos de Filippi y coreé con ellos “hay que matarlos a todos”.
09 marzo 2009
La culpa de todo la tiene Alto Perú
Por Osvaldo Cervinho
Antes de que naciera la Asociación Uruguaya de Fútbol, estaban los clubes que decidieron organizarla. Como todos los dirigentes de entonces eran auténticos caballeros, ninguno quería presidirla: con absoluta gentileza, todos le cedían la posibilidad a otro.
La solución la aportó el delegado de El Perro que Fuma: como el decano del fútbol uruguayo era el Club Atlético Alto Perú (bautizado en honor a la batalla de Viluma en 1815, cuando las Provincias Unidas perdieron la región del mismo nombre), le correspondía acceder a la presidencia. El doctor Picafeces, presidente de Alto Perú, se convirtió así en presidente de la AUF.
Dos años después, la situación del club no era buena: peleaba el descenso con Sportivo Italiano, un equipo poderoso con el respaldo de toda una colectividad atrás. Se enfrentaban en la última fecha y el perdedor se iba a la B. El partido terminó 0 a 0, gracias a la hazañosa actuación del golero de Alto Perú. El problema era que el reglamento no contemplaba la posibilidad de que dos equipos quedaran empatados en el último lugar y con la misma cantidad de goles a favor y en contra.
Todo el mundo miró a Picafeces, buscando la solución. Él se reunió con los presidentes de ambos clubes, también abogados. En un momento de la reunión, il capo italiano salió a fumar a la vereda, hecho que aprovechó el presidente de Alto Perú para decirle a Picafeces que era casi imposible que su equipo no perdiera con el de los tanos.
Cuando el presidente del Sportivo volvió, Picafeces le dijo que tenía la solución al problema: definir por medio de un sorteo, ya que el vuelo de una moneda era lo más imparcial que había. Según Picafeces, jugar un partido más traería complicaciones con los boleteros del estadio Centenario que eran un gremio muy fuerte. La moneda fue al aire y cayó grillada, pero el lado que estaba más visible salvaba a los italianos.
Desesperado, el presidente de Alto Perú dijo de llamar a otro abogado, uno neutral, para que definiera de qué lado había salido la moneda. El presidente de Sportivo, confiado de tener razón, aceptó. Picafeces se dejó tirar por el corazón y estuvo de acuerdo. Incluso recomendó a un abogado amigo suyo, que caminaba haciendo paro de manos. Y ahí se pudrió el fútbol uruguayo.
11 diciembre 2008
Sobre algunas cosas inexplicables. Cosas raras. Algunas.
Por Robertö
Hace muchos años, leyendo unas Selecciones del Reader’s Digest de la década del 80, me impactó mucho leer la historia de Leslie Lemke. Si no recuerdo mal, la historia se titulaba “Leslie Lemke, el niño vegetal”. Su vida comienza de la peor manera: nace prematuro, ciego, con parálisis cerebral y su cerebro atrofiado, incapaz de vivir sin ayuda de un respirador artificial. Sus padres biológicos lo abandonan y es una enfermera del hospital quien decide adoptarlo y cuidar de él. Le advierten que el bebé no vivirá más que unas semanas cuando abandone el hospital. La señora Lemke lo cría con sumo cuidado y atención. Hasta los doce años el niño no es capaz de tragar los alimentos sin ayuda, ni puede caminar. No se comunica. Un día los Lemke están acostados durmiendo y sienten música proveniente de la sala. Se preguntan el uno al otro si dejaron encendido el televisor. Van a ver que ocurre y ven a Leslie tocando el Concierto nº1 de Tchaicovsky para piano. Todavía incrédulos de lo que están observando, uno de los dos recuerda que ese mismo día lo habían pasado por televisión. En ese momento Leslie tenía 16 años.
A partir de ese día Leslie comenzó a comunicarse y a hacer cosas por sí mismo. Su vida comenzó a cambiar.
Cuando le preguntan a Leslie cual es su oración favorita responde:
Amada creación, en el nombre de Jesús te agradezco día a día las cosas buenas que haces por mí.Al leerla estos días cuando buscaba la información en internet, recordé que había memorizado esa frase porque me pareció especialmente hermosa hace tantos años, cuando leí la historia.
Si existen los milagros este bien podía ser uno de ellos.
***
Kim Peek es la persona en la cual se inspiró el personaje interpretado por Dustin Hoffman en la película Rain Man.Kim presenta un síndrome conocido como Savant, también llamado síndrome del sabio. En su caso nació con macrocefalia y carece de la conexión natural entre los hemisferios cerebrales porque no se formó su cuerpo calloso, que es el manojo de nervios que conectan ambas mitades del cerebro. A lo largo de su vida, Kim ha leído más de 10 mil libros con la siguiente particularidad: lee ambas hojas al mismo tiempo utilizando un ojo para cada una de ellas. En aproximadamente una hora puede leer un libro completo de tamaño normal. Lo sorprendente del asunto es que retiene de forma perfecta cada dato que recoge. Es como si rápidamente escaneara la información que recibe y esta pasara a acumularse entre sus conocimientos. Kim no comprende lo que lee, no es capaz de hacer conclusiones ni entender el sentido, por ejemplo, de una metáfora. Solamente puede asimilar y recordar una cantidad de datos virtualmente ilimitada. Puede contestar preguntas tales como fechas históricas de cualquier país, datos biográficos de célebres personajes o qué vueltas dar para llegar de tal dirección de una ciudad hasta otra en un sitio diferente, ya que tiene cargados en su mente innumerables mapas de ciudades. Es como si fuera un GPS.
***
Stephen Wiltshire es otro muchacho que presenta este síndrome. Su particularidad es que registra las cosas que observa y las replica con una sorprendente precisión.
Ahí pueden verlo en acción. Básicamente, lo llevan a pasear unos cuantos minutos en helicóptero por una ciudad y el tipo dibuja lo que vió durante el viaje. Cada edificio con sus ventanas y sus particularidades. Sin margen de error.
Stephen padeció de autismo durante su niñez y no aprendió a hablar hasta los nueve años. Comenzó muy precozmente a comunicarse mediante sus dibujos.

***
Daniel Tammet es una calculadora humana. De pequeño era autista, no compartía los juegos con sus compañeros de clase, solía quedarse apartado con la mirada perdida. Su madre dice que dedicaba larguísimos períodos de tiempo a mirar hacia arriba, enfocándose en las hojas de los árboles. Daniel ha conseguido recitar de memoria las primeras 22514 cifras tras la coma del número pi. El maratónico acto le llevó algo más de cinco horas. 22514. Yo me anoté el 3,1416 por temor a olvidarlo mientras lo que él contaba eran hojas y hojas de números ¡y sin cometer un solo error! Daniel tampoco entiende o calcula como lo hacemos nosotros, digamos quienes somos “normales”.
Por algún motivo, Daniel mezcla regiones de su cerebro que usualmente se dedican a los cálculos con otras que se encargan de sensaciones y emociones. Esto se conoce como sinestesia. Para Daniel, cada número despierta una emoción, tiene una textura y un color particular. Cuando realiza operaciones ve extravagantes paisajes que -de acuerdo a lo que percibe o como se siente- va decodificando a números. Cuando va repitiendo las cifras una a una no está haciendo las operaciones mentales que hacemos nosotros habitualmente. Según cuenta, él creía que eso era normal y que se sorprendió al momento de descubrir que los otros niños operaban con sus cerebros de otra manera. Hay unos cuantos videos muy interesantes sobre este caso. También habla diez idiomas ya que los aprende con facilidad. De hecho, como parte de un desafío, aprendió el islandés (según dicen, un idioma especialmente complejo) en una semana y se presentó en una entrevista televisiva en ese país charlando animadamente en ese idioma con sus anfitriones.
Me imagino que es molesto seguir el posteo pero vean los videos cuando puedan. Estoy pensando cómo cerrar esta parte del post pero no voy a decir más nada. Toda esta gente está siendo objeto de estudio en procura de aprender más sobre esta herramienta absolutamente sub-utilizada que tenemos sobre los hombros. Hay menos de cien personas en el mundo que presentan el síndrome de Savant.
***
Cuando tenía poco más de veinte años, mi madrina comenzó a sugerirme, argumentando que me "haría bien", que debía ir a un curso de control mental al que ella había asistido. Como me llamaba la atención todo aquello, decidí probar. Imaginé que luego del curso mi vida iba a mejorar notablemente y todo eso. La verdad es que asisití con una idea que no tenía nada que ver con lo que era el curso en realidad. Este iba sobre reafirmaciones positivas. Por poner un ejemplo violento, algo así como si te cruzabas con un amigo tuyo y te preguntaba cómo estabas, le tenías que contestar que estabas “cada día mejor, mejor y mejor” aunque vinieras cargando con un bull terrier con su mandíbula trabada en tus testículos durante los últimos 5 días. No digo que el curso fuera malo, sino que no era mi momento y que posiblemente me haya dejado cosas positivas, aun cuando luego mi vida continuara siendo un desastre tras obtener el certificado de asistencia.
Pero cuando recuerdo ese curso me viene a la mente un suceso singular. Un día la instructora nos dijo que hiciéramos algún ejercicio de visualización mental, una meditación y que los que tuvieran ganas la comentáramos en clase. La “clase”era un teatro lleno de gente, unas 300 personas. O sea que además de visualizar algo interesante había que ser lo suficientemente valiente para no mearse encima y contarlo. Yo, por supuesto, estaba al fondo de todo, en las últimas butacas, donde mi anonimato y mi posibilidad de huida inmediata ante una pregunta estaban garantizados.
Uno de los que lo comentó era un muchachito del entorno de los veinte años que estaba delante del todo. Comenzó a hablar sobre su meditación y mencionaba cavernas, luces, altares de piedra y ancianos sabios de túnica. Lo hacía con una pasión y una sensibilidad tales que nos tuvo unos cuantos minutos en vilo por saber dónde diablos iba a terminar su narración. El silencio y la expectativa que iba generando mientras describía lo que veía y sentía eran llamativos. Ni siquiera la instructora decía esta boca es mía (la de ella, claro). Y fue tal la emoción que despertó el chico con su meditación que creo que lo aplaudió todo el mundo. Cuando el tipo se sintió correspondido con el aplauso, en algún sentido entró en confianza y advirtió: “Y ahora les voy a contar algo que soñé los otros días”. La verdad es que creo que todos queríamos oírlo, aunque no sé si la intructora habrá estado de acuerdo en la forma en que su protagonismo era desplazado. El hecho es que el muchacho comenzó a contar que durante su sueño sintió que alquien le hablaba y vio la imagen de un sujeto rubio que le decía: “Hola, me llamo Oxalc y vengo de Ganímides”.
Apenas dijo eso, en la sala se generó un rumor de asombro que parecía sacado de una película de cine (no se me ocurre qué película pero imaginen una donde haya un montón de gente asombrándose “ohhhhhhh….” , algo así). Ni bien terminó el murmullo, la instructora se apuró en levantar la voz y decir “bueno bueno bueno, tampoco se sugestionen”. Cortó con el ejercicio, cambió de tema y el curso siguió por sus carriles, con todo aquello que podría definirse como que estoy maravillosamente bien disfrutando el momento mientras tengo la compañía de este fiel cánido prendido de mis pelotas. Disculpen por lo explícito, era para fijar la idea nada más.
El hecho es que un par de años después, caminando por 18 de Julio, me meto en una librería y en la mesa de ofertas se me da por ojear un libro de J.J. Benítez, intitulado “Ovnis. SOS a la humanidad”. Como el tema siempre me despertó curiosidad lo abrí y desplacé mi vista por dos o tres páginas al azar. Me sorprendí bastante cuando en uno de los capítulos veo entrecomillada la frase “Hola, me llamo Oxalc y vengo de Ganímides”. De inmediato me acordé de la anécdota de un par de años atrás y no pude dejar de comprar el libro. Lo leí con tanto interés que esa noche soñé con una luz muy intensa que alumbraba las celosías que dan a la calle. No más que eso. Y bueno, el libro contaba que este tal Oxalc se comunicaba por telepatía con unos peruanos y unos colombianos de la misión Rama, la de Sixto Paz. El asunto quedó en eso.
Como diez años más tarde nos juntamos con un grupo de amigos de la adolescencia. En particular, yo casi no los veía desde entonces y los volví a reencontrar por esos momentos. El hecho es que estábamos reunidos y de golpe viene un apagón. Prendimos unas velas y la ocasión pintó para hablar “de aparecidos”, por decirlo de alguna manera. Creo que comenzamos a hablar de extraterrestres y esas cosas cuando uno de mis amigos nos dice que es muy amigo de un “contactado”, que sabe mucho y es buena gente, que por encima de que es convincente le cree porque no lucra de ninguna forma con el asunto de sus contactos extrerrestres y que si nos interesa arma una reunión en su casa para que le preguntemos lo que queramos.
La reunión tuvo lugar meses más tarde y este señor (llamémosle H.) nos contó de su amistad con Sixto Paz, menciónó que ya no pertenecía más al grupo pero más o menos nos narró cómo se involucró en el tema y un poco de lo que sabía. El tema es que nos hicimos amigos y H. tenía las puertas de su casa abiertas para juntarse a meditar con quienes quisieran ir y con mis amigos nos prendimos. En aquellas meditaciones no sucedió nada extraordinario, mas allá de la sensación que puede sentirse meditando, que de por sí es algo grato y saludable. Pero ya en confianza le comenté a H. sobre esto del chico que recibió la transmisión de alguien llamado Oxalc en sus sueños y le cuento luego que descubrí ese nombre en un libro de Benítez . H. me miró esbozando una sonrisa y me dijo: “Ah, Oxalc es amigo...”.
H. me contó que recibió mensajes telepáticos de Oxalc muchas veces y que una vez tuvo un encuentro cercano con él, junto a Sixto Paz y algunas otras personas, en el desierto peruano de Talca. H. dice que entrar en contacto físico con gente de otro mundo no es como lo que se ve en las películas. Dice que cada planeta tiene una frecuencia vibratoria, adoptada por todos los seres que lo habitan. Para estar cerca de alguien proveniente de un lugar con su propia frecuencia, de no mediar una preparación del organismo de un par de semanas como mínimo, sería un encuentro muy desagradable. Según me comentó, te vomitarías encima, te orinarías y te defecarías, todo casi al mismo tiempo. Según agregó, incluso con algunas razas no es posible el contacto directo por esa diferencia vibratoria.
La verdad es que H. me resulta creíble: sigue viviendo de su oficio original y sólo se ha remitido a contar su punto de vista de las cosas y hablar de lo que le han transmitido, sin hacerlo de una forma invasiva o doctrinaria. No me queda otro remedio que creerle. Y Oxalc, si estás leyendo no te podrás quejar de la propaganda que te estoy haciendo.
***
Originalmente, en este posteo quería hablar del sospechoso modo en que las principales potencias mundiales están desclasificando sus archivos x. Resulta que de negar cualquier contacto o la existencia de los ovnis, ya se están viendo noticias oficiales sobre que la nave tal vio unas luces o que otra nave comercial casi se lleva puesto algo o que un piloto de guerra fue encomendado a seguir y derribar un ovni y no pudo conseguir su objetivo. Supongo que es el comienzo, pero es fácil imaginar que debe haber muchos más niveles de información que permanecen ocultos. Por qué se comienza a hacer público en este momento, es buena pregunta. Sería bueno que alguien la contestara. Pero el posteo original se transformó en esta cosa que están leyendo. Me pasa que me voy por las ramas, en general.
***
Lo otro que me sucedió es lo siguiente: hace unos cuantos días me puse a observar una caminito de hormigas que estaba lleno como la interbalnearia un domingo de verano por la tarde. Me dio por hacer un piquete con unas piedritas para ver cómo lo resolvían. Es decir, yo sé que no es de las cosas que tiene que andar haciendo un tipo grande por ahí, pero hice de cuenta que tomaba sol y realicé esa experiencia sin que nadie se percatara de ello. Quería saber.Como era de esperar, lo primero que ocurrió fue el colapso del tránsito. Las hormigas que volvían cargadas se comenzaron a amontonar en el piquete y no lograban pasar. Se les complicaba escalar con la carga y cada tanto pasaba alguna; el resto terminaba retrocediendo y tomando un camino alternativo a través del pasto.
Naturalmente, caminar por el pasto representaba para las hormigas un costo energético y de tiempo significativamente superior al que venían utilizando antes de estar yo en la vuelta con ganas de hacer experimentos. Imaginé que comenzarían a “talar” pastitos y hacer un camino de emergencia para sortear el piquete. Pero no hicieron nada. Al principio noté que las hormigas soldado trepaban y estaban alerta mientras las otras iban con su carga para un lado y a buscarla hacia el otro. No parecía haber entre ellas ninguna con inventiva para resolver problemas.
Volví a fijarme en los días siguientes y las hormigas seguían usando el mismo camino (otra de mis suposiciones era que lo abandonarían). Pasaron los días y no le di más pelota al asunto. Hoy de mañana, cuando saqué a pasear a mi perra Gaia me puse a ver los caminos de hormigas que había en la vuelta y noté que eran más anchos que los que había observado antes. Quizás dos o tres veces más anchos. En uno de ellos observé que había hormigas circulando a una velocidad mucho mayor a la que iban antes. Al haber más espacio y tener una superficie más despejada ganaban velocidad en forma considerable. Me vino a la mente si no tendría que ver con el experimiento de semanas atrás y si no sería esta una solución global que tomaron las hormigas para solucionar el problema puntual que les puse. Pero a lo mejor no tiene nada que ver y es una conjetura. Pero si empiezan a escribir de otras partes del mundo para contar que las hormigas están haciendo sus calles más anchas y que están ganando eficiencia, me voy a preocupar un poco.
***
Ayer estaba leyendo un libro sobre las diferentes formas de inteligencia que tiene el ser humano, una obra basada en estudios de un tal Dr. Gardner (ya fallecido) de la universidad de Harvard . En los últimos dos días me sucedieron sendas cosas que no suelen pasar. El jueves estaba leyendo algo acerca de la cantidad de horas que mira televisión el norteamericano promedio. También hablaba sobre la velocidad media de lectura -unas 250 palabras por minuto- de esos mismos ciudadanos, para poner como corolario los libros que se podrían haber leído mientras están sentados de culo 4 horas por día mirando American Idol y esas cosas que miran ellos. Transcribo esa parte:
…el americano promedio podría leer en una semana:Corto aquí la transcripción para contarles una especulación que hice. Cuando leí el nombre de T.S. Elliot, por algún motivo la forma de la palabra me llevó a pensar en Tolstoi. Por alguna razón vi que, al menos para mí, eran palabras parecidas. Y comencé a pensar en Tolstoi y en que nunca leí nada suyo; acto seguido me imaginé a Dostoiesvsky, ya que siempre me los confundí; hasta el año pasado, que leí “Los hermanos Karamazov”. Me puse a recordar los personajes, la historia, etc. Me quedé unos segundos absorto en eso y decidí seguir con la lectura, cuya transcripción prosigo:
* La poesía completa de T.S. Elliot
* Dos obras de Thornton Wilder, incluida Nuestra ciudad
* La poesía completa de Maya Angelou
* El gran Gatsby de F.Scott Fitzgerald
* El libro de los Salmos
Todo eso en una semana.
Si el estadounidense medio renunciara a ver televisión una segunda semana podría leerse todo Moby Dick, incluida la parte de las ballenas y tener bien avanzado, si no acabado 'Los hermanos Karamazov'Imaginen la sorpresa. De los millones de libros y obras escritos hasta el momento, el autor menciona una en la cual me detuve a pensar segundos antes, llegando a ella por un camino caprichoso por encontrar morfológicamente similares a T.S. Elliot y Tolstoi y por confundirme a este último con Dostoievsky. Se me ocurrió que quizás la información de los Karamazov ingresó a mi mente en forma inconsciente: a pesar de todavía no haberlo visto, el título de la obra estaba frente a mis ojos, varios renglones más abajo de donde yo estaba atendiendo. Pero igual me resultó una coincidencia mayúscula: de todos modos, llegué a ese título a raíz de una cadena mental espontánea que nada tenía que ver con eso.
Al día siguiente, leyendo el mismo libro me ocurre algo muy parecido (y les juro que no recuerdo otra vez antes que me hubiera pasado esto leyendo).
El autor cuenta que en el jardín de infantes, la maestra entregó a sus alumnos un cilindro de cartón para que hicieran un portalápices de regalo para sus padres. En ese momento, el narrador razona que sus padres nunca usan lápices, no escriben, no van a valorar ese regalo y comienza a imaginar qué puede hacer con ese cilindro para regalarle a sus padres y obtener de ellos una sonrisa. Finalmente decide adornarlo: le hace unos ajustes y comienza a transformar el cilindro en una casa. Cuando la maestra lo “descubre”, lo regaña de inmediato y le aclara: “Dije que un portalápices”, coartando toda posibilidad creativa del niño.
En el libro, el tipo comienza a hablar de esto y va sacando una serie de conclusiones acerca de la creatividad y cómo resolver las cosas de una forma diferente. Se me viene a la cabeza el problema que les planteé a las hormigas y la forma en que estas, supuestamente lo resolvieron, así que me quedé un rato largo pensando en estos insectos. Porque además era una de las cosas que me quedan dando vueltas en la cabeza, en alguna región cerebral denominada “tengo que escribir un post sobre esto”. Una región que suele ir llenándose de telarañas, hongos y esas porquerías. Seguí leyendo después de un buen rato y llegué a una parte en la que el autor, dentro del mismo ejemplo que estaba contando, empieza a hablar de un biólogo que hizo un experimento con hormigas y salté de la silla como impulsado por un resorte.
Caminé por mi habitación, recordé lo de los hermanos Karamazov del día anterior, me puse a pensar que de los millones de cosas que podían seguir a continuación de esa anécdota la posibilidad de que hablara de un científico haciendo experimentos con hormigas era más o menos igual que acertar 12 o 13 premios de lotería consecutivos. Imaginen la cantidad de cosas que hay para contar -y dentro de ellas la cantidad de animales que podría usar un biólogo para sus experiencias- y que justo sean hormigas, cuando segundos antes yo pensaba fuertemente en una experiencia hecha con esos insectos semanas antes. Es demasiado para mí.
A manera ilustrativa, el experimento no tenía que ver con el transporte pero sí con un tema de logística. Según esta experiencia, el científico había notado que cuando una hormiga muere, las otras acuden a ella por cierto olor que desprenden unas feromonas y la retiran para colocarla en el lugar donde ponen sus residuos. Este hombre hizo la experiencia de rociar a una hormiga viva con esas feromonas para corroborar que enseguida era invadida y trasladada por las otras hasta el lugar de los desechos. Cuando la hormiga lograba salir de ahí, era sistemáticamente repelida por las otras y vuelta a colocar en el mismo sitio. O sea, que no las podía hacer entrar en razón, digamos. El hecho es que la historia termina en que “no sé si Wilson (el nombre del biólogo) habrá sentido remordimientos por haberle impuesto semejante destino a la hormiga desprevenida o habrá sentido que hacía algo que produciría un importante progreso para la ciencia”. También yo había pensado en eso mismo, que no soy científico pero hago esas cosas cuando saco a pasear a mi perra y me aburro. Nada, que uno a veces hace las cosas y tampoco sabe por qué. No se puede estar todo el tiempo buscándole una razón a todo.
***
Con todo esto de las hormigas y las casualidades me vino a la mente mi viaje a Bolivia del año pasado. En una ocasión, bajando a un río desde la ruta por la cabecera de un puente, me agaché para pasar por debajo de un tronco caído y uno de mis compañeros bolivianos me alertó: “¡Cuidado con las hormigas!”. Hice caso omiso: hasta ese momento, lo más drástico que me podía pasar con una hormiga era pisarla. Instantes después sentí un dolor espantoso en mi dedo índice: básicamente como si una máquina me lo hubiera arrancado. Cuando miré, vi una hormiga prendida del mismo; hice una bolita con ella y la tiré lejos. El dolor persistió durante varios minutos. Se ve que los bolivianos cuando les dicen “¡Cuidado, una hormiga!” saltan como lo hacemos nosotros cuando te dicen “¡Cuidado, una araña!”. Me fui de tema.
Estábamos un día con mis compañeros de viaje circulando por la ruta cuando me pidieron que les contara un cuento "de los que se cuentan en Uruguay". Yo siempre me olvido de los cuentos y para peor, cuando me acuerdo de uno no me acuerdo bien de qué iba o me olvido el final. Pero se me ocurrió contar el del gato hidráulico que era bien corto y de final contundente, de modo que me lo acordaba.
El cuento va de que un tipo anda de noche por una ruta muy desolada y pincha un neumático. No tiene gato para levantar el coche y comienza a desesperarse hasta que ve una lucecita a los lejos. Entonces comienza a especular si ir o no, que para qué va a ir hasta donde está la luz si seguramente no haya quien lo atienda y si lo atienden lo más seguro es que no tenga gato. O quizás lo tenga y por desconfianza le mienta con que no. Entonces le tendría que implorar por el gato para que finalmente el otro le admita que sí tiene gato pero que no piensa prestárselo porque no lo conoce. Y está así un rato largo haciendo especulaciones de ese estilo, hasta que al final decide caminar durante otro largo rato hasta la casita en el medio del campo. Cuando llega, lo atiende un señor en forma por demás amable y cordial. Cuando le pregunta qué se lo ofrecía a esas horas, el tipo le responde gritando: “¡Y EL GATO TE LO METES EN EL ORTO!”.
A mis compañeros les causó mucha gracia este chiste, fue bastante festejado. Me pidieron más pero la verdad es que no logré acordarme de ningún otro, y para ser honesto, ellos eran tres (un cochabambino, un cruceño y uno de Potosí) y tampoco aportaron ninguno.
El tema es que lo festejamos un rato largo. Y sucedió que un par de horas después, atravesando la selva por la ruta 4 sonó el celular del chofer, Chichín, el de Santa Cruz. Lo llamaba su hermano para preguntarle si sabía donde estaba el gato hidráulico de su camioneta (¡!). Chichín, ni lerdo ni perezoso (los cruceños son locuaces muy por encima de lo normal) le espeta “¡EL GATO TE LO METES AL CULO!” y no pudimos parar de reírnos durante otro buen rato. El hermano del otro lado se habrá quedado mudo sin entender el por qué de la grosería. De nuevo, en mi vida jamás estuve frente a alguien que recibiera un llamado preguntándole por el gato hidráulico, pero recibirlo en esa ocasión, entre los mismos cuatro que habíamos festejado ruidosamente un chiste alusivo un rato antes me pareció una cosa fabulosa.
Yo creo que tiene que haber un dios, y que se caga de risa con estas cosas. No hay otra explicación.
Gracias por leer.
03 diciembre 2008
El Teletón o de cómo ser caritativos sin apagar el aire acondicionado
Por Juana Jota
“la tele-caridad es inseparable de la excitación que procura la grandeza de los buenos sentimientos… en ocasión del Teletón, las donaciones fluyen a ráfagas, se recogen y se contabilizan… los récords logrados se muestran cada cuarto de hora: la caridad se ha convertido en uno de los más grandes, de los más mediáticos espectáculos contemporáneos apoyándose en la lógica de la hazaña.
Olimpiada de la beneficencia, maratón del corazón: hay algo de competición en estos shows filantrópicos que vibran a la espera de los récords, de la curiosidad de las realizaciones humanitarias, de la efervescencia de las acciones continuadas… el público de los shows de caridad no está cautivado por la moralización en sí misma sino por la espiral de los gestos del corazón, el espectáculo del trofeo de las donaciones, la excepcional diversidad y condensación de las personalidades generosas de sí mismas, el atletismo del compromiso de todos” (Gilles Lipovesky)
Una vez más, desde hace unos años, este fin de semana los habitantes de este País de Mierda (en adelante PdM) hemos asistido a una nueva edición de uno de los ejercicios de exploitation¹ más repugnantes inventados en los últimos años: la Teletón.
Pero empecemos por el principio. ¿Qué es la Teletón además de un desagradable ejercicio de lo que el filósofo francés Gilles Lipovesky llama la “tele-caridad”? La Fundación Teletón fue fundada hace 25 años por Mario Kreutzberger, un oscuro personaje cuyo nombre artístico no es otro que Don Francisco, artífice de engendros televisivos repulsivos diseñados para lo que en EEUU se conoce popularmente como “latinos”, en su mayoría imbéciles analfabetos que se metieron por la frontera hacinados en camiones con el único objetivo de limpiar sábanas sucias en hoteles yanquis y hablar maravillas de la “tierra de oportunidades” cuando son sistemáticamente tratados como basura descartable.
La brillante idea de Don Francisco fue llevar adelante “una maratón televisiva para recaudar fondos para la Sociedad Pro Ayuda del Niño Lisiado”, según dice en el sitio web. O sea, aumentar exponencialmente el rating de su patético Show de Don Francisco sin que se le cayera una idea, darse dique de buena persona y filántropo y hacer trabajar a cientos de personas gratis, todo mientras usaba de manera escandalosa a cuanto niño deforme, lisiado o retrasado encontraba por ahí.
Pero todo esto se hubiera quedado en Chile de no haber sido porque a algún reverendo imbécil se le ocurrió la brillante idea de traerlo a Uruguay con el auspicio de, en principio, dos de los canales privados (10 y 12). Pero la trascendencia fue tal que el canal 4 -siempre preocupado por la desgracia ajena desde todos los ángulos posibles-, vio que la cosa había sido un exitazo y también se trepó al carro. Y tres de los clanes más explotadores y mediocres que hay en este país, históricamente peleados para la tribuna y amigados cuando conviene, volvieron a unirse. Pero ojo, esta vez no es por plata... No no, es por una causa noble: los discapacitados. Una ternura, ¿no les parece?
Hasta ahora todo bastante repugnante pero muy ajeno, muy culpa de otros. Lo que motiva mi indignación no es ese aspecto sino el hecho de que lo realmente desagradable es el éxito que tiene el Teletón y la cantidad de gente que uno podría considerar “normal” e incluso “pensante”, que comenta compungida episodios que ocurren durante esa inmunda transmisión. Gente que asegura llorar todos los años, gente que se conmueve con historias particulares, con niños con parálisis cerebral y la épica historia de sus padres que POR SUPUESTO Y SIN EXCEPCIONES son pobres e ignorantes (ya sé, ya sé, me van a nombrar a la hija de Emiliano Cotelo y yo les voy a recordar que su madre es empleada de uno de esos canales, etc.). Porque la gente que tiene plata y una educación que le permite niveles mínimos de discernimiento, NUNCA es la que explotan en televisión para que todos demos rienda suelta a nuestro morbo y nuestra culpa reprimida.
Lejos de ser buena cosa, este tipo de programas o episodios de tele-caridad potencian la “caridad (palabra que de por sí es bastante asquerosa) indolora” o incluso la “ayuda con yapa”. La idea de que somos buenas personas si una vez por año compramos una hamburguesa (igual a la que comemos varias veces en esos 365 días) y con eso contribuimos al bienestar de niños enfermos de cáncer. O como en este caso, que si permitimos que una vez al año un grupo de infantes con enfermedades o situaciones que normalmente nos aterran, nos producen miedo y profundo rechazo, entren a nuestra casa a través del televisor -porque somos taaaaaannnn buenos y políticamente correctos que los consideramos tan normales y tan iguales a nosotros aunque sabemos en el fondo de nuestro ser que si supiéramos que vamos a tener un hijo así la mayoría no dudaría en hacerse un aborto-, todavía encima discamos un 0900 para donarles 150 pesos.
Todo esto mientras lloramos emocionados con sus historias de vida y acompañamos a Victoria Rodríguez, Petinatti e Ignacio Álvarez (rey de la exploitation uruguaya si los hay) en sus palabras de admiración hacia la fuerza de voluntad que transpiran las gestas humanas que relatan. Y por si fuera poco, podemos vibrar con el suspenso que conlleva ver si se llegó o no la cifra de dinero que antes de empezar el maratón se estableció como la meta (siempre superada ampliamente para reforzar la idea de que somos una sociedad buena y enormemente caritativa).
Cuando termina, seguimos frente al televisor mirando el programa de Tinelli con la misma actitud y el mismo morbo. Pero nos sentimos mejores personas, llenas de amor por nuestros congéneres aunque sean pobres y freaks. Y ese sentimiento es tan grande que no necesitamos reforzarlo saliendo del cómodo living con calefacción a remangarnos y renunciar a un solo fin de semana, a dos horas de nuestro ocio para ayudar a alguien en serio, para verlo de cerca, para tocarlo y, horror, que nos toque. Tan grande es el sentimiento que dura otro año dónde podemos permitirnos hacer de cuenta que nada de eso existe y esquivarlos en la calle mirando para abajo. Como una vacuna, la bondad inoculada por televisión dura 365 días. Exactamente hasta el próximo Teletón.
¹ En cine se llama exploitation film a una película que se promociona o se construye apoyándose en la explotación de temas que producen o potencian el morbo (sexo, drogas, escenas o personas en extremo bizarros, repugnantes, desagradables, etc.).
02 diciembre 2008
Me gusta cuando hablas
Por Sigmur
En su mejor novela, El arrancacorazones, Boris Vian pinta una aldea de campesinos bestiales. Para atraerlos a su iglesia, el cura del pueblo organiza peleas de box, donde simula combatir con su sacristán, debidamente disfrazado de diablo. También hace otras cosas, como inventar cancioncitas delirantes para que la gente cante, y de paso inculcarles una idea revolucionaria: "Jesús es un lujo". A los campesinos, sin embargo, no les interesa el lujo, sino sólo su cosecha. Aburridos de los espectáculos del sacerdote, claman por lluvia. El sacerdote contesta que Dios está más allá de esas exigencias materiales. El lobby telúrico se pone pesado: "¡Que llueva!". El cura resiste hasta que la multitud empieza a apedrearlo. "¡Está bien, está bien! Lloverá". Cae agua, los amigos de Mujica se retiran felices. Fin de la escena (y fin de la sequía), pero no de la novela, que es absolutamente recomendable, de lectura imperiosa, necesaria, vital, pero por otras cosas, no solamente por esta demostración invertida del mecanismo religioso.
Hace un par de días, el obispo de Mercedes, Carlos Collazzi, tuvo la bondad de recordarme la obra de arte de Vian. El sacerdote católico llamó a rezar para acabar con la sequía que -como todos los veranos- azota a nuestras amarilleantes praderas. Me hizo feliz. Como me hizo feliz Cotugno, al amenazar con la excomunión a los parlamentarios que votaran a favor de la ley de aborto. No, en realidad Collazzi me hizo más feliz. Porque además de a Vian, me hizo recordar a mi viejo, que sutilmente me enseñó que la religión es superstición. (No es que papá fuera tan simplista -era socialista-, pero le pareció que era todo lo que un niño tendría que aprender sobre el tema. Ya vendría gente como Tucogno a explicarme los apectos organizacionales de su espiritualidad. Pero antes de eso estuvo la lectura directa de la Biblia, para comprobar que los diez mandamientos están bien. Bueno, tal vez ocho. Y después Nietzsche, para despreciar a Jesús. Y después La vida de Brian, para entender a su secta. Y después Zizek, para dudar: if Jesus was Vader - Jesus was right?)
Me fui por la rama genealógica (serán días de Rama). Lo bueno es que este obispo me avivó de que los católicos también piden por lluvia. Yo pensaba que eran los indios. Pray for rain. Los paganos, los pueblos apegados a la tierra, a la magia. Los que hacían sacrificios a los astros y las estaciones. Aunque ahora que me acuerdo, los cristianos hacían algo con un cordero. ¿Pero rezar por lluvia? ¿Por la cosecha? Es el eterno retorno, pero no el de Rocken, sino el de Mircea Eliade. Por otro lado, los umbandistas nunca dejaron de matar animalitos. Ahora la Intendencia Menchevique de Montevideo quiere impedir que dispongan libremente sus restos rituales por toda la ciudad. Que sea rápido, camaradas: cuando se les una la iglesia romana ninguna brigada va a poder limpiar tanta sangre sacrificial.
Decía también que Cotugno me hizo feliz por motivos parecidos. Porque me parece bueno que la Iglesia exponga su esencia, de vez en cuando. No se trata de un grupo de discusión, sino de una congregación doctrinal. No tiene partidarios o socios, tiene fieles. Su líder tiene derecho, es más, tiene el deber, de reclamarles obediencia. Eso es lo que es una iglesia; un grupo de poder que actúa de manera disciplinada. Está más cerca de un ejército que de un partido. Lo extraño es que dejen entrever a los legos su verdadera manera de conducirse. Así que gracias, Tucogno, por mostrarnos cómo se relacionan internamente, gracias por exponer a qué lobby pertenecen algunos legisladores -por ejemplo, todos los del Partido Blanco-, y gracias retroactivas a todos los que ayudaron a hacer y mantener un Estado laico.
By the way, entre estos últimos no se va a poder incluir a la familia Vázquez-Delgado. Su última arremetida contra la laicidad viene de mano de... ¡la droga! Los muy cristianos -Jorge Vázquez, hermano del presidente, y Milton Romani, supuesto experto oficial en adicciones- acaban de cerrar un acuerdo para que diversas congregaciones se hagan cargo de la rehabilitación de menores drogadictos. Tercerizaron una actividad que es claro deber de la salud pública, con la excusa de la falta de recursos propios y la abundancia de experiencia de los religiosos. De lo que se olvidan es de que los cristianos tienen experiencia en convertir gente -eso es básicamente lo que los separó, como organización, de los judíos: su voluntad de expandir la feligresía- y que los pibes a los que tal vez salven de la droga van a entrar a adorar a un amigo imaginario que a veces les pide cosas muy concretas, como ya nos demostró por suerte, el ítaloarzobispo de Montevideo.
Y, hablando de drogas y de gente que empieza a hablar, también nos alegra que El Pai Gurú -religioso también, claro- haya abandonado la región de la metáfora rural. Ahora Mujica opina de cosas concretas, porque está en campaña. Gracias, Pepe, gracias. Nos enteramos de que tiene un plan muy moderno para rehabilitar a los menores que se "pichicatean" (no es lenguaje anticuado, ojo, es un concepto que nunca dejó de estar vigente en algunos valles de Austria). Y otro para impedir que se propague la enfermedad infectocontagiosa de la droga (es una metáfora, malditos universitarios). Y su ladero Fernández Huidobro, que anda "calzado" igual que él, tiene un muy buen proyecto para mejorar la seguridad pública: tercerizarla, cuartelizarla (pun intended), multiplicarla hasta llegar a “un hombre, un arma”. Este hombre, que pasó tan mal en la cárcel pero que no deja de adorar la estructura de la institución que lo torturó, quiere que cada cual corra el riesgo de tener una pistola en su casa para detener a la delincuencia, e invoca el derecho a portar armas.
Yo pensaba justamente que lo bueno de vivir en una sociedad civilizada era la libertad de no tener que llevar un arma encima.
21 noviembre 2008
La doble moral católica
Por Flora Tristán
Las cifras son por demás elocuentes. Más del 60% de los uruguayos apoya la despenalización del aborto. La conclusión es evidente: la mayoría de la población está en contra del veto presidencial. Tan evidente, que es el argumento de cabecera de la mayoría de los análisis que están circulando sobre este tema.
Sin embargo, casi un 40% de los uruguayos está en contra del aborto y aprueba la decisión de Tabaré Vázquez. Más allá de la ceguera de la mayoría de los analistas, un 40% es un porcentaje para nada despreciable. Tanto, que mientras los frenteamplistas siguen lamiendo sus heridas, Lacalle salió a respaldar al presidente en una actitud que no tiene nada de casual. Por el contrario, es una reacción oportuna ante una realidad bastante obvia: sus votantes están mirando con demasiado cariño a Tabaré Vázquez.
¿Por qué Vázquez debería preocuparse por responder a las demandas de los uruguayos más liberales que desconfían de su estilo de monje pacato, cuando puede guiñarle el ojo a otros potenciales votantes como los uruguayos conservadores? Y además, gracias a la oposición a la mayoría de los legisladores de su partido se transforma en un mártir devenido en santo. Evidentemente Dios lo iluminó.
Otra limitante que se observa en la mayoría de las notas que circulan sobre el veto presidencial es el tratamiento de la decisión de Vázquez desde el punto de vista moral. Qué el presidente será masón, pero también es católico. Que la esposa es una ferviente practicante católica, lo mismo que el hijo seminarista que también es doctor y masón. Y así sigue toda una serie de argumentos que para el 60% de los uruguayos son críticas durísimas, mientras que el 40% restante las recibe como justificaciones de la moral intachable de nuestro presidente, el doctor.
Nos estamos olvidando que el presidente Vázquez ha sido infiel a su piadosa esposa. Desde una concepción liberal, la infidelidad en general no es cuestionable. Tampoco se la discute desde la moral conservadora, dado que el infiel es el hombre. Por el contrario, más bien se la justifica con una cierta complicidad de género. Mientras, a la mujer del infiel, la “pobre” Tota, se la compadece.
La ideología católica, sin embargo, castiga la infidelidad. No sé cuántos padrenuestros deberán rezar diariamente el presidente y su señora esposa para que Dios lo perdone. Lo que es el perdón de Cotugno, sólo le costó el veto a la despenalización del aborto.
Mientras la Iglesia Católica hace la vista gorda sobre las intimidades presidenciales, se da el lujo de coaccionar a los legisladores con la amenaza de la excomunión. Todos sabemos que Dios borra con el codo lo que escribió con la mano.
En consonancia, la devota pareja presidencial no tiene ningún reparo en usar los poderes del estado democrático para imponer la moral católica.
¿Por qué a la mujer públicamente humillada se la santifica? ¿Por qué nadie cuestiona el maltrato del presidente a su esposa? ¿Acaso el masoquismo es una virtud en una Primera Dama? ¿Por qué todos miran para otro lado a la hora de cuestionar la doble moral presidencial? Claro, la esposa devota y tolerante, la que se deja humillar, la pobre cornuda, es “flor de mina”, y el Taba es “hombre” y además es “humano”. ¿Por qué nadie cuestiona el modelo de mujer que impone María Auxiliadora y desde el cuál se justifica la penalización del aborto?
¿Será que la hipocresía no es patrimonio exclusivo de la Iglesia Católica y del Presidente?
13 noviembre 2008
Vueltitas en la calesita
Por Osvaldo Cervinho
Para celebrar sus 90 años de vida, el diario El País decidió editar una colección titulada Mil fotos rescatadas del olvido. Se trata de un documento que recopila imágenes que están en propiedad del archivo del matutino, ordenadas con un criterio que mezcla lo temático y lo cronológico.
Evidentemente, un trabajo así queda para la posteridad: las personas lo guardan en sus casas y las futuras generaciones lo podrán tomar como fuente de consulta histórica. Esto debe generar una gran responsabilidad en la persona encargada de la selección del material y la redacción de los textos que acompañan las imágenes. De las decisiones que esa persona tome a la hora de elaborar el material, dependerán la imagen y las posibles interpretaciones que en el futuro se hagan sobre los hechos retratados.
Tamaña tarea recayó en el ex editor de Sábado Show, Miguel Alvarez Montero. Su nombre aparece en letras grandes en la página 3 de cada tomo, aunque curiosamente no aparecen los nombres de los fotógrafos que tomaron las imágenes. Una omisión penosa, que seguramente se debe a que las fotos no fueron archivadas de la mejor manera durante años y ahora los datos son imposibles de conseguir. Sin embargo, no deja de ser injusto para los chasiretes. Tal vez se podría haber solucionado agregando en cada tomo, los nombres de quienes han integrado el staff de reporteros gráficos de El País. Hubiera sido caballeresco, al menos.
El tomo VIII de la colección dedica 31 páginas a imágenes vinculadas a los años previos a la dictadura (pág. 50 a 61) y al período en que el gobierno colorado de Bordaberry primero y de los militares después, decidieron ignorar la Constitución, además de los derechos civiles y humanos (pág. 62 a 81).
A la primera parte, Alvarez Montero la titula “Aquellos años del odio y el terrorismo”. Casi suena divertido. “Aquellos locos años veinte”. Ocurrente, Miguel para escribir. La segunda se llama “La dictadura cívico-militar”. No quiero detenerme en el detalle de que siempre que aparece la palabra "tupamaros", figura así como lo escribí, entrecomillado , pues escapa a mi capacidad de comprensión el por qué se hizo así. ¿Será porque Alvarez Montero está citando a alguien cada vez que los nombra? ¿Porque pretende ser irónico? ¿Es un intento estigmatizador? Tanto da.
Sí quiero referirme a una parte del último párrafo de la introducción al capítulo: El ejército se hizo cargo de la situación en las calles convocado por el gobierno de Pacheco Areco y en 1972, al cabo de varias exitosas acciones (ya bajo el gobierno de Juan María Bordaberry) se pudo dar por prácticamente derrotada a la guerrilla urbana. Pero para entonces los militares habían asumido un rol preponderante del que ya no querían “bajarse”
(esas últimas comillas también son de Alvarez Montero, seguramente en un intento de comparar la palabra “tupamaros” a “bajarse”)
Por fin veo que alguien interpreta la historia como yo, hecho que se nota específicamente en una palabra: bajarse. Porque está claro que los militares eran como unos niños subidos a una calesita y querían dar alguna vueltita más. Se encapricharon estos chiquilines tan simpáticos. Entonces, sin pagarle al señor que vende las entradas en una boletería con forma de hongo en el Parque Rodó Infantil, los muy pilluelos garronearon unas vueltitas. Y encima no dejaron que otros niños se subieran, qué feo.
Luego vienen las fotos. Las primeras once páginas muestran la cárcel de Punta Carretas y la de Miguelete. También se ve el Club de Golf tras ser atacado con una bomba. Otra imagen muestra a dos niños, los hijos de un señor llamado Dan Mitrone. Ese señor fue ejecutado por los “tupamaros”, dice Alvarez Montero, “bajo el argumento de que era un experto norteamericano en la lucha anti-guerrillera que vino a asesorar a la policía en cómo extraer de los detenidos, mediante métodos no ortodoxos, información valiosa”. Un grande Miguel, dueño de una pluma desbordante de talento para el eufemismo. En las 31 páginas logra no escribir nunca la palabra tortura (ni siquiera “tortura”).
No hay necesidad de seguir versando sobre las fotos. A esta altura está claro. No aparecen jamás fotos de las marchas populares de resistencia a la dictadura (sólo una de un caceroleo en los ’80), tampoco hay imágenes de la represión a los estudiantes y a los obreros. Ni siquiera aparece un miliquito a caballo corriendo a un hincha en una cancha de fútbol. Gran editor, Miguel.
Sí se puede ver a un grupo de militares ingresando al Parlamento, a Bordaberry y su familia recibiendo sonrientes a un también sonriente Juan Domingo Perón, al mismo dictador uruguayo desfilando con Augusto Pinochet -cuyas muecas similares a una sonrisa asustan-, la inauguración del puente Fray Bentos – Puerto Unzué (llamado “El puente de la discordia” por Alvarez Montero, al Goyo saludando también entre risas al dictador argentino Leopoldo Galtieri, al mismo Goyo con el Rey Juan Carlos caminando por la Plaza Independencia, al Coronel Bolentini chupando en un boliche con periodistas, y poco más. Vueltitas en la calesita.
La edición de este trabajo muestra una intencionalidad clarísima, al punto que no quiero caer en un remate interpretativo, porque lo que escribiría sería demasiado obvio. Es más, prefiero terminar con un disparate. Si pueden ver este tomo, miren la foto de la detención de Lucía Topolansky. Más allá que la tienen parada con los brazos puestos como si fuera una heroinómana mostrando las marcas que le dejó picarse, se descubre que de joven estaba fuertísima.
Nota de la redacción: al parecer, Alvarez Montero tiene otros grandes antecedentes de ignorancia.
09 julio 2008
Los indios de antes no usaban esvástica
ún para aquellos que nunca vimos uno en vivo y en directo, se hace difícil pensar en la perspectiva de un mundo en el que ya no existan los osos panda. Sin embargo, ese hipotético mundo es una posibilidad bien cierta para vuestros hijos o a más tardar los hijos de vuestros hijos; porque lo que es a mí que me revisen, yo no pienso tener descendencia. Desde que la humanidad es humanidad nos hemos dedicado concienzudamente a eliminar, una a una, a todas las especies de animales que se nos han ido cruzando por el camino. Para que aprendan. Pero que no se confunda esto con alguna especie de panfleto ambientalista, eso déjenselo a Candelaria, ahora que es amiga de los vampiros de Entre Ríos. A lo que voy yo es a que esta situación es parte de la evolución, ni más ni menos. No vale la pena dramatizarlo tanto. "C'est la vie", diría la Madre Naturaleza si hablara francés.
Teh Tour Guide Llama presenta las impactantes ruinas de una antigua civilización que no tengo la más perra idea de cuál será. Nótese gesto de orgullosa pedantería.Y a nosotros, éstos charrúas del orto no nos dejaron ni una miserable choza.
De hecho, si lo pensamos bien, ni siquiera llamas nos dejaron.
(Click para ampliar)

La tradición afirma que los charrúas dejaron de existir como colectivo el 11 de abril de 1831, a orillas del arroyo Salsipuedes, cuando comenzó el exterminio de la etnia. De todos modos, esa destrucción no impidió que la sangre indígena penetrara en capas de la población y llegara a nuestros días de forma mestiza, aún cuando, desde el punto de vista "oficial", los charrúas no existan. La emboscada de Salsipuedes se hizo desde el propio poder gobernante, lo cual disparó entonces un reclamo que se perpetuó hasta nuestros días. "Había un gobierno electo, una Constitución. Así que sería bueno que en algún momento el Estado reconociera lo que ocurrió aquel 11 de abril. Es tan importante como el reconocimiento del holocausto del pueblo judío", sintetizó a El País Enrique Auyanet, presidente de Asociación de Descendientes de la Nación Charrúa (Adench). Auyanet, quien a pesar de ser rubio y de ojos celestes no tiene ambages al defender su ascendencia indígena, exhibe un estudio de la doctora Cinthia Pagano, publicado en 2005, en el que se señala que al menos 34% de la población uruguaya tiene sangre charrúa.

Julio Gutiérrez es consejero de la Embajada de Bolivia en Uruguay y descendiente de los indios aymará. Sostiene que la palabra "indígena" es despectiva citando el origen colonial del término.

Si al hombre le das la mano, se te agarra hasta el codo. Y si lo dejás, cuando te quieras acordar lo tenés prendido al hombro.

El papel que mejor le ha calzado al hombre desde el principio de los tiempos, y el que más disfruta hacer, es el de víctima.
Ya lo decía el General Custer: Cuando el indio se te pone retobado como una colegiala, hay sólo una forma de tratarlo.(Advertencia: La imagen es potencialmente "Maximum Risky", dependiendo del grado de mariconeidad del espectador. Manéjese con su mejor criterio antes de hacer click para ampliar. Cualquier cosa, este cronista no se hace responsable. No quiero meter líos, pero si alguien quiere reclamar algo le recuerdo que el blog es de Daniela. Es un comentario, nomás.)

Orgullosos del indio que llevan dentro, organizaciones de descendientes celebraron ayer en distintos actos el Día del Indio. Según estudios académicos, un tercio de la población uruguaya (1.100.000 personas) tiene un ancestro materno indígena.

Otro grupo, la Asociación de Descendientes de la Nación Charrúa (Adench) también recordó ayer, como hace desde 1989, la matanza de Salsipuedes. Se reunieron en frente al monumento a los charrúas en el Prado. "No fuimos a llorar. Nuestra apuesta es transmitir la memoria y a nuestros hijos lo sucedido. También por la cosmovisión indígena, por un mundo mejor y más igualitario", dijo a El País el presidente de Adench, Enrique Auyanet. [...] Consultado sobre por qué conmemoran el Día del Indio en forma separada del grupo I.N.D.I.A. [Integrador Nacional de los Descendientes de Indígenas Americanos] dijo que responde a que ambas organizaciones tienen "filosofías diferentes" y que ellos apuestan al "respeto por la dignidad".

Cyro Rodríguez, integrante del grupo de descendiente Choñik, comenzó diciendo: "El Estado no toma en cuenta las raíces, aunque mantiene las costumbres indígenas".
Acá tenés otro bicho que también se extinguió: El jackalope. ¿Cómo es que estamos hace media hora hablando de estos indios de mierda y nadie se organiza para reivindicar al jackalope? ¡Era un conejo con alas y cuernos! ¿A nadie le importa? ¿Qué pasa con las prioridades de la gente?(Click para ampliar)

Ramona Nolberquis tiene 90 años muy bien llevados. Ella cree que su sangre charrúa tiene que ver con eso. Su abuela (Anisteta Acuña) y su madre (Nicómedes Acuña) eran descendientes de charrúas. "En casa no se hablaba de eso. Mis hermanos (11 en total) creían que decir que éramos charrúas era un deshonor", explica. Pero a ella "siempre" la "llamó la sangre" y por eso es integrante del grupo I.N.D.I.A. (Integrador Nacional de los Descendientes Indígenas Americanos). De su abuela recuerda la fortaleza y algunos hábitos alimenticios poco extendidos hoy en día: "ella desayunaba un churrasquito con un vaso de vino o caña. Además fumaba en chala... así vivió 106 años", dice orgullosa.

Mónica Sans, doctora en Ciencias Antropológicas y directora del departamento de Antropología Biológica de Facultad de Humanidades, investiga hace 20 años las raíces genéticas de la población uruguaya. Primero comenzó estudiando los rasgos morfológicos, luego los sanguíneos y finalmente los moleculares. Según la experta, el aporte indígena al ADN uruguayo es del 10% y sube al 20% en el departamento de Tacuarembó, donde se estima que vivieron los grupos más numerosos. En Montevideo la proporción desciende al 2%. Sin embargo, cuando se realizan exámenes de ADN mitocondrial (características que se trasmiten sólo por línea materna) el aporte indígena sube, llegando al 62% en Tacuarembó. Sans tiene una hipótesis que podría explicar esta distribución: "lo que posiblemente sucedió es que los hombres que se radicaban en campaña tenían hijos con mujeres indígenas. Y a su vez sus hijos se fueron quedando, formando la base de la composición de todo el Uruguay", explicó.
El Coronel Bernabé dándole la bienvenida a los turistas.Por esto debe ser que los tacuaremboenses no son muy conocidos por su hospitalidad precisamente.
Nótese espada partida, igualito que la de Aragorn, lo cual pone de manifiesto el indisputable carácter heroico del Coronel.
(Click para ampliar)

Lo único que heredamos de los charrúas son pruebas y testimonios de su existencia y de su exterminio, nada más; o al menos nada que valga la pena. Y estas pruebas sirven para darles a las maestras algo que enseñarles a sus alumnos en las escuelas, y para darle trabajo a gente como Mónica Sans.Si somos descendientes de indígenas, ¿qué pasa? ¿Se supone que tengo que alegrarme, enojarme o algo? ¿Tendré que salir a cazar mi alimento, entonces? [No porque el arbóreais boleadóreais se extinguió hace 200 años. -N. del E.] No sé, no sé que pretende lograr la señora esta. Y creo que hablo en nombre de todos los tacuaremboenses cuando digo que nos importa un pepino la herencia indígena. Quizás no hablo en nombre de todos, pero aquellos que no estén de acuerdo conmigo no cuentan porque son unos insensatos.Cuando llegás a Tacuarembó y te bajás en la terminal de ómnibus ¿que es lo primero que vez a pocos metros de allí? Un monumento al Coronel Bernabé Rivera, fundador de la ciudad y caído en batalla en la lucha contra los indígenas. No hay monumentos a los Charrúas, sólo al Coronel. Eso dice mucho sobre nosotros.

Ver comentarios anteriores
